Registro

 

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Registro fotográfico de recuperación y derrumbe por Nicolás Buede.

 

Texto curatorial.

recuperación y derrumbe

Él sale de su casa antes del amanecer o mientras amanece y siente una emoción inédita frente a la niebla que lo envuelve, siente, si pudiera ponerlo en palabras, que en la niebla está todo. Ella se topa con un desconocido en la puerta del supermercado y el misterio de la mirada del otro cala tan profundamente que por la noche necesita preguntarle a su madre en qué o hasta que punto ella es más real que las sombras. Es como si cada uno, a causa o a consecuencia de una mirada, se hubiera transformado en un extranjero. En un doble. En alguien que camina sobre el barro. Por eso, en los días posteriores al primer encuentro volverán a reunirse para certificar, ante la hondura de sus miedos, que el deseo sigue en pie, sin que ellos sepan, por otra parte, cuál es, exactamente, ese deseo. En esos encuentros conversarán, como hacen en general los amantes, acerca de las causas que los llevaron a encontrarse, amantes desesperados por asignar, de modo retrospectivo, a cualquier casualidad, un sentido –o un destino–. Conversarán durante horas sin cesar y no serán capaces de alcanzar ninguno, porque no existe ningún sentido –ni destino– que se pueda alcanzar, ya que las causas conforman un entramado tan inmenso y delirante que el solo hecho de preguntar por ellas los obligaría a remontarse, como mínimo, a un único punto concentrado de lo existente y a una explosión cuya onda expansiva, dicen, continúa hasta hoy, y de la cual, según parece, todos formamos parte. Un tiempo después, él le escribirá que leyó que para estar enamorado había que ser artista, y que como él estaba enamorado era, definitivamente, un artista. Ella le respondió que creía que era al revés, que para ser artista, había que estar enamorado, y entonces como ella era artista, estaba, definitivamente, enamorada. Así estuvieron semanas, meses, tratando, juntos, de no ahogarse en el mar indescifrable del amor; buscando suturar, en lo posible, las cicatrices que la vida, poco a poco, les había procurado. Una noche, acostados, listos para dormir, ella se quedó mirándolo de una forma tan extraña que hizo que él le preguntara por el motivo de esa mirada;  incapaces de hallar una respuesta, ella se dio vuelta y de pronto,  sin saber de dónde provenía la voz, murmuró, en voz alta: somos una obra de arte.

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